domingo, 11 de agosto de 2013

Literaturas regionales: Narrativa huaracina reciente



Literaturas regionales: Narrativa huaracina reciente

Comparto con el público ciber-lector, el prólogo que Javier Morales Mena escribió para mi libro Literaturas regionales: Narrativa huaracina reciente (Lima, Grupo Pakarina, 2013). Generosas palabras de un amigo y colega sanmarquino.






Jorge Terán: La poética regional huaracina



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Entre los viajeros del siglo XVI que admirados contemplaban el celeste cielo, la imponente belleza del paisaje y la magnética presencia de los nevados, se hizo familiar una palabra quechua que por entonces borrosamente escuchaban pronunciar a los nativos, cada vez que preguntaban por el nombre de tan paradisiaco lugar: “Waraq”, “Waraq”. Vocablo quechua que significa “amanecer”; palabra que da origen al actual nombre de la ciudad: Huarás. Luminosidad y magnetismo podrían ser dos palabras que sintetizan las múltiples alusiones que se hace de ella. El saber popular ha logrado cincelar una máxima que se inscribe en el aire de los barrios tradicionales y en las calles ruidosas de las nuevas urbanizaciones: “a Huarás llegarás y ahí te quedarás”. Acaso dictum con el que se explica la decisión de muchas personas por optar vivir en el lugar, incluso abandonándolo todo en sus respectivas ciudades de origen. Así como desde hace siglos la ciudad de Huarás cautivó al viajero instalándose en sus pupilas como luz que señala el camino, o como bendición de aire puro que los dioses dejan caer para hinchar los pulmones de amor a los eucaliptos, pinos y molles; actualmente, su literatura también ejerce una poderosa atracción. No porque le deba a la geografía su significación o porque haya un peso determinista en esta asociación, más bien es porque la literatura huaracina, y en general, la literatura ancashina, forma parte de cruciales capítulos del proceso de nuestra literatura peruana y latinoamericana. 

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Autores como Marcos Yauri Montero (Huarás 1930), Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, Ancash, 1928-Lima 2011), Oscar Colchado Lucio (Huallanca, Ancash, 1947) Julio Ortega (Casma, Ancash,  1942) y Juan Ojeda (Chimbote, Ancash, 1944-Lima 1974) no son nombres nada más. Sus producciones literarias, algunas veces, han alcanzado el grado de paradigma narrativo, poético y ensayístico para los escritores más jóvenes. No preguntes quién ha muerto (1989) de Yauri Montero es una de las cumbres de la novela histórica latinoamericana. La narrativa de la Generación del 50 sería incompresible sin el magisterio ni el proyecto narrativo de Zavaleta, autor de, entre otras novelas, Los aprendices (1974) y Pálido pero sereno (1997). Igual de incompleto resultaría el conocimiento narrativo de los sucesos terroristas sin la alegorización de su impacto en el mundo quechua a través de la novela Rosa Cuchillo (1997) de Oscar Colchado Lucio. Si extendemos los aportes, no se podría tener una imagen completa de la riqueza y complejidad de las principales poéticas del sesenta sin la mención de aquella cartografía de destrucción y desbaratamiento del mundo que Ojeda verbaliza en el conjunto de sus poemas, reunidos póstumamente bajo el título: Arte de navegar (1962-1974). Poesía y narrativa, pero también pensamiento crítico; y quien desde temprano comprendió la importancia de una crítica literaria acorde a los avatares y transformaciones de los proyectos narrativos, fue Ortega; así lo ejemplifican sus primeras reflexiones en: La contemplación y la fiesta. Ensayos sobre la nueva novela latinoamericana (1969) y La imaginación crítica. Ensayos sobre la modernidad en el Perú (1974). El quehacer intelectual de estos autores desborda las fronteras de un género específico. Su palabra se extiende libremente por otras geografías literarias. Para mencionar solo dos casos: Yauri estremece el corazón de la poesía con la vitalidad de su lira: Un rostro en el polvo (1963), La balada de amor de Lázaro (1967), El amor de la adusta tierra /Rapsodia en Chavín (1968) o Lázaro divagante (1969); e ilumina el camino de la interpretación de la literatura oral en los lúcidos y rigurosos ensayos: Laberintos de la memoria. Reinterpretación de relatos orales y mitos andinos (2006) y Simbolismo de las plantas alimenticias nativas en el imaginario andino (2009). El vigor de la cuentística que desafía cualquier cláusula formal en nombre de la experimentación y renovación técnica, es la de Zavaleta: La batalla y otros cuentos (1954), Vestido de luto (1961) y Niebla cerrada (1970); la cultivada precisión argumentativa y la indagación que no deja de interrogar la literatura dentro de los avatares del mundo contemporáneo, podemos encontrarlos en sus ensayos: William Faulkner, novelista trágico (1959), Estudios sobre Joyce y Faulkner (1993), El gozo de las letras I (1997) y II (2002) y Cervantes en el Perú (2009). Este sumario recuento no indica que la historia de la imaginación literaria ancashina se detuvo en estos autores. El campo de la literatura es dinámico y heterogéneo. Precisamente por ello, Jorge Terán Morveli (Lima, 1976) atento lector de la formación de las poéticas regionales, centra su atención en el estudio de un importante corpus narrativo huaracino constituido por la obra de narradores como: Edgar Norabuena Figueroa (Huarás, 1978), Eber Zorrilla Lizardo (Huari, Ancash, 1982), Daniel Gonzales Rosales (Huarás, 1976), Rodolfo Sánchez Coello (Lima, 1977) y Ludovico Cáceres Flor (Chacas, Ancash, 1963). 

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La tradición literaria ancashina, por extensión huaracina, es como una piedra imantada. Jorge Terán Morveli  ha sucumbido por ese magnetismo narrativo. Literaturas regionales: Narrativa huaracina reciente es el resultado de aquella atracción, pero también la continuación de un programa y proyecto de investigación que el autor trazó desde la publicación del texto Desde dónde hablar. Dinámicas oralidad-escritura (2008). Es decir, su interés académico, desde su inicio, no estuvo orientado por el estudio de textos canónicos, sino más bien por textualidades poco tomadas en cuenta. Su aproximación hacia la narrativa huaracina comprendámosla dentro de aquel escasamente frecuentado campo de proyectos literarios alternativos; universos simbólicos a los que, normalmente, la comunidad académica no le presta la debida atención. Terán plantea una pregunta matriz: ¿cómo se representa lo andino en la narrativa de los autores antes mencionados? Las tesis, a las que arriba, resultan importantes porque precisan la existencia de dos modos de comprender lo andino. Según la manera tradicional, esta se asocia con cierta función de la escritura encargada de describir espacios y festividades, así como con narrar, desde una voz indígena, los sucesos de la violencia terrorista de la década del ochenta. El proyecto narrativo se orienta en este caso por la conservación y defensa de las tradiciones andinas. Las narrativas que recorren esta opción figurativa pertenecen a Norabuena y Zorrilla, que –precisa Terán– continúan con las propuestas estéticas de Oscar Colchado Lucio y Macedonio Villafán Broncano (Taricá, Huarás, 1949), autor del memorable conjunto de relatos Los hijos de Hilario (1988). El otro modo es el moderno. Desde esta perspectiva se representa los complejos procesos de la modernidad y la posmodernidad en espacios andinos urbanos. La escritura se detiene en explorar la repercusión que aquellas tienen en la sociedad. Este modo de representación corresponde con los universos narrativos de Gonzales, Cáceres y Sánchez;  cosmos que tiene sus inmediatos referentes o raíces ficcionales en Yauri y Zavaleta.
            De este modo, la pregunta respecto a cómo se comprende lo andino, resitúa la discusión del tema más allá de lecturas románticas que lo idealizan como recóndito espacio donde no se experimenta las mutaciones del mundo contemporáneo. El análisis de las narraciones de los autores ancashinos, permite plantear –a Terán– que lo andino se configura como dinámico espacio donde quechuas, occidentales y mestizos experimentan complejos fenómenos con lo local, lo nacional y lo global. La opción por estudiar las tradiciones discursivas regionales resulta fructífera porque enriquece la mirada respecto a cómo se configura lo andino en la narrativa reciente; también es estratégico porque establece un sentido, traza una dirección, para integrar dichas representaciones dentro del amplio campo de figuraciones a propósito de la narrativa andina. La indagación parece indicar, implícitamente, que resulta imperativo incorporar las diversas representaciones de lo andino que realizan las narrativas regionales para que, de este modo, se pueda comprender con mayor amplitud la idea de la narrativa andina actual. Esta invocación por la visión heterogénea de lo andino resulta clave para construir o imaginar otra geografía del conocimiento narrativo, más abierta a los discursos no canónicos, más inclusiva de las poéticas regionales y más circunscrita a la unidad de la heterogeneidad.

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Un capítulo olvidado en el imaginario debate sobre la literatura peruana corresponde a la formación discursiva y a las representaciones de las poéticas regionales. Discusión que, seguramente, tendría como punta de lanza las metáforas del binomio disidencia-recuperación. Expliquémoslo: dentro de un contexto donde la investigación literaria está centrada mayoritariamente en el análisis e interpretación de discursos canónicos, indagar por las poéticas regionales significa no vibrar al unísono de los estertores narrativos de moda; la actitud conduce más bien a disentir con algunos programas epistemológicos cuya vocación homogenizadora fantasea con una aparente unidad y estabilidad discursiva; se disiente para ensanchar las fronteras de la geografía literaria nacional y para desestabilizar el monopólico mercado de las representaciones narrativas y las monológicas reflexiones sobre la misma. El efecto de este disentimiento reconduce el trabajo crítico por el derrotero de la recuperación –arqueológica, archivística, mitológica, gramatológica– de aquellas manifestaciones discursivas ocultas por diversas capas textuales de olvido. Es una acción de fuerte contenido ético porque busca –en la medida de lo posible– hacer justicia crítica recuperando la memoria narrativa de valiosos autores injustamente dejados de lado.
            Si bien, este puede ser el señalamiento de la dirección que las investigaciones críticas de las tradiciones discursivas regionales deben considerar, existe también una exigencia para quienes tienen el desafío de la imaginación narrativa: dejar establecido su aporte en este polifónico y diseminado concierto barroco nacional. Para Terán las propuestas narrativas regionales tienen el imperativo de imponer su diferencia, su modo alternativo de comprender el curso de las cosas; quizá como la lección de resistencia que falta frente al entreguismo de ciertas prácticas escriturales de mercado; imponer una escritura que enriquezca la tradición literaria no ciñéndose a los mismos lugares comunes, sino transgrediendo absolutamente todo; no una textualidad analgésica para hacer dormir la conciencia histórica, sino una literatura protagónica que contenga la noche y el día, la tranquilidad y la locura, la paz y la beligerancia de la vida.
            Dentro del contexto de la crisis de las representaciones y el recusamiento de las bases ideológicas de la constitución del canon literario peruano, hay una crucial misión en las narrativas regionales. El libro de Jorge Terán Morveli, Literaturas regionales: Narrativa huaracina reciente calibra, precisamente, aquella relevancia; de esta manera inscribe uno de los primeros capítulos de la historia literaria regional del siglo XXI. 



Javier Julián Morales Mena
Barrio del Centenario, mes del Señor de la Soledad; frente al huerto de moras y orégano blanco, una acompasada garúa humedece las shaqapas y el látigo de los Shaqshas.


sábado, 25 de mayo de 2013

Fuego cruzado de Edgar Norabuena Figueroa




Fuego cruzado



Edgar Alberto Norabuena Figueroa

Huaraz, Pantera Negra & Librería Amauta, 2013



    Acaba de editarse este nuevo conjunto de cuentos del narrador huaracino Edgar Norabuena. Parte de una anunciada trilogía sobre la violencia política de los años 80, su lectura, por el proyecto estético-ideológico que porta, se hace imprescin-dible. Compartimos, así, con la comunidad de internautas literarios el comentario de la contraportada.



El tópico de la violencia de la guerra interna, tangencial en la narrativa anterior de Norabuena Figueroa, se constituye en Fuego cruzado –primera parte de una anunciada trilogía sobre dicha temática–en el eje central sobre el cual habrán de discurrir las historias de este conjunto de cuentos. Ambientada en la sierra de Ancash, en el pueblo de Uchpa, inmerso en la violencia que instalan las presencias de las Fuerzas Armadas y de Sendero Luminoso, los relatos inciden en la desestructuración del mundo andino, producto del accionar de ambos bandos. Desestructuración de la sociedad sí, pero no de la cosmovisión andina quechua que permanece y resiste, incluso, más allá de este mundo.

Tal como nos tiene acostumbrados, Norabuena Figueroa, a través de una narrativa pulcra que apela constantemente a técnicas narrativas modernas, pero, a la vez, a un sustrato poético quechua, nos sumerge en los recorridos aciagos de los protagonistas, que, cual sumatoria inexorable, metonimizan el destino trágico de todo un pueblo. Así, nosotros, lectores, asistimos, a través de la ficción literaria, al desencuentro consuetudinario entre el mundo andino tradicional y una modernidad occidental que solo comunica violencia, que sólo saber comunicar desgracia y muerte. Asistimos a esta otra historia –en el sentido literario-, que testimonia aquello que la historia –en sentido histórico- “oficial” soslaya, también, consuetudinariamente.

Jorge Terán Morveli
Universidad Nacional Mayor de San Marcos

miércoles, 24 de abril de 2013

Teoría de la literatura: restos

Morales Mena, Javier (comp.)
Lima, FLCH-UNMSM & Editorial San Marcos, 2012


   Estimados  ciber-lectores acaba de salir el último número de Letras. En ella aparece una nota a una reciente publicación sobre Teoría Literaria, compilación de Javier Morales Mena. Comparto las impresiones de esta primera lectura, leída también durante la presentación del libro, el año pasado en el auditorio de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.





 
No resulta excesivamente usual encontrar publicaciones sobre teoría literaria en nuestro medio, cuando menos no en la última década. Carácter inusual no implica, valga la aclaración, una falta de preocupación, sí, quizá, una mayor difusión de la reflexión teórica seria sobre la literatura. En tal sentido, podríamos rememorar algunos de los textos sobre teoría literaria editados en los últimos años, a partir del comienzo de este milenio: Problemas de Teoría Literaria (M. A. Huamán, 2001), Lecturas de Teoría Literaria I (M. A. Huamán, 2002), Convicciones metafóricas: Teorías de la literatura (E. Hopkins, 2002), Lecturas de Teoría Literaria II (M. A. Huamán, Mondoñedo, B. Huamán, 2003), Teoría Literaria: una propuesta didáctica (J. Pérez, 2010), La Trama Teórica: Escritos de teoría literaria y literatura comparada (J. Morales, 2010).

   En este contexto, la compilación de Javier Morales Mena Teoría de la literatura. Restos se suma a esta reflexión, en esta ocasión, casi específicamente, en torno a la crisis de la teoría de la literatura, incluida al interior de la crisis de las humanidades. Sin embargo, en contra de cualquier visión apocalíptica que decante el fin de la teoría literaria o apele a su vulgarización, el conjunto de los artículos de esta compilación apuestan por, justamente, proponer vías para superar esta crisis. No existe, ciertamente, un triunfalismo anticipado, y el camino se entiende dificultoso, escabroso, lleno de baches y zancadillas tanto desde el sistema mundo en el cual nos movemos, como desde el propio campo literario; el propio campo, para el caso, del quehacer teórico literario. En un estado de la cosa en la cual la sobreabundancia metodológica nos ofrece un abanico de terminologías que se agotan con la velocidad de las modas, banalizando la reflexión teórica literaria al punto de sumergirla dentro de miradas que se suponen macro, la necesidad de revisar críticamente la tradición, revisar críticamente las lecturas de los grandes maestros (Auerbach, Curtius, Spitzer, Segre, Bajtín, Derrida, De Man, por mencionar, algunos de los que ameritan sendos estudios en esta entrega; cabe resaltar, ciertamente, el rol fundamental que a la hermenéutica literaria se le otorga en un buen porcentaje de los trabajos que componen el libro) se torna la vía para recomponer una relación soslayada por el desarrollo teórico: la relación entre teoría y mundo, entre teoría y hombre, un retorno a la reflexión de la teoría literaria que nunca dejó de lado la preocupación por el hombre, que nunca abandonó la reflexión humanista. En ellos se encuentra, a pesar de la crisis, a pesar de las modas, los restos para componer los derroteros de una teoría literaria que sea, a la manera de lo propuesto por Asensi, sabotaje. En dicho sentido se comprende el título del libro, pues esta reflexión no aspira a la mera endogamia epistemológica, sino que apuesta por un efecto que, partiendo siempre de la literatura, la llene de mundo y, sobre todo, de un cuestionamiento a las ideologías, sea el nombre que se le quiera poner (colonialidad, falogocentrismo, feminismo, etc.), que sea un vehículo de liberación del ser humano. Como lo menciona el compilador: “Cada uno de los artículos aquí reunidos recuperan el sentido combativo de la teoría, su resistencia al reduccionismo plantillar, su crítica de la tropología que sucumbe a las exigencias de los mercados de la interpretación. Esta compilación es muestra de sentimiento teórico y contestación beligerante frente a este tiempo de la reproductividad técnica de la teoría” (16).

   Me detengo en cinco de los once artículos que, particularmente, y no sin cierto capricho, llamaron mi atención. No deja de ser esta lectura una labor ociosa, pues en la “Introducción” Morales Mena comenta la totalidad de los artículos y el lector, podrá, seguramente, detenerse en ellos con mayor paciencia.

Miguel Ángel Huamán en “El lugar de la crítica” incide en que, a pesar del contexto contemporáneo en el que nos hallamos, vivimos sumergidos en una orgía de relatividad, sin centros ni verdades a la vista. Una errada percepción y práctica de la crítica nos sumerge en “el rechazo a priori de cualquier intento de erigir un juicio, un sistema, una propuesta, una alternativa frente a los problemas del mundo, la sociedad, la vida misma” (53). Esta supuesta función puramente negativa del crítico canaliza, en realidad, una actitud autoritaria. Sin embargo, la crítica no ha de ser meramente negatividad, no ha de ser actitud acorde a dicho sistema. Se ha de recuperar la dimensión positiva del mismo, Se habrá de entender la crítica en lo que tiene de diálogo, en lo que dicha practica puede aportar. Así Huamán entiende que “en los estudios literarios es la crítica el espacio inherente al diálogo y el consenso […] la función primordial del crítico literario y cultural, en medio del predominio del espectáculo y el consumismo, es alentar una perspectiva positiva de la práctica de la crítica, en todo ámbito” (54). Propone, específicamente “afirmar una cultura de diálogo y de la solidaridad, que se puede recuperar o anticipar a través de la práctica estético-literaria y el compromiso responsable con nuestra praxis enunciativa” (54). Huamán hará un recorrido por los orígenes de la crítica, su concepción durante el romanticismo, así como en la modernidad, para recalar, finalmente, en un llamado al retorno a la tradición olvidada. Tal recorrido le permitirá proponer una tipología, abierta imaginamos, acerca de la conciencia crítica. De tal manera que podemos hallar cuatro sujetos que la practican: el clásico, el moderno, el revolucionario y el inauténtico.

          “Crítica Práctica / Práctica Crítica” de González Echevarría testimonia la labor, conflictiva por cierto, del mencionado crítico literario cubano a través de su posición de intelectual latinoamericano en, pero no desde, los Estados Unidos de América. Posición que, a decir, de González no deja de tener ventajas y desventajas. En las páginas del artículo, o quizá más exactamente ensayo, del autor, asistimos a los inicios de la reflexión sobre la literatura latinoamericana en el ámbito académico norteamericano. Se han de apreciar ciertamente un sinfín de hechos anecdóticos, pero que se entienden, justamente, en el ansia del autor de testimoniar su propia labor intelectual. Desde allí se habrá de elaborar una lectura crítica de lo que González Echevarría podría considerar pretensiones de la crítica: “La literatura no está desvinculada de la política, por supuesto, pero pensar que puede llegar a afectarla directa o hasta indirectamente es un engaño en el que algunos, los menos, caen de buena fe” (130). Sin embargo, tales límites parten desde lo que la literatura puede enseñarnos en su relación directa con nosotros como sus lectores y no en la dirección contraria que involucraría una relación desde la política hacia la literatura. Literalmente menciona: “La literatura y la crítica nos pueden enseñar a ser lectores perspicaces y hasta suspicaces y a no dejarnos burlar por la retórica del poder –del verdadero poder que vigila y castiga-. Los escritores, a no ser los que se convierten en burócratas o comisarios –que los hay- nunca tienen semejante poder” (130). El estructuralismo para el crítico cubano ha sido el responsable de terribles secuelas al interior del campo académico literario. Ante todo, la crítica literaria se ha visto sometida a lecturas foráneas, sobre todo, las provenientes de las ciencias sociales. Además, han surgido nuevas escuelas críticas a una velocidad exageradamente vertiginosa. Una lectura atenta del fenómeno debería conllevar a plantear salidas a esta supuesta aporía.

Referencia, aunque breve, merece también el trabajo de Manuel Asensi Pérez. En “Las polémicas de la Escritura y la Diferencia de Jacques Derrida (Las bases del pensamiento deconstructivo)” se plantea un objetivo doble: por un lado, presentar sucintamente las bases del pensamiento deconstructivo en sus mismos orígenes, y, por otro lado, realizar un repaso de las diversas polémicas a que dio lugar. Se ha  de señalar que Asensi es un autor al cual apelan constantemente muchos de los colaboradores de este libro, pues el desarrollo de la categoría “crítica como sabotaje” ha servido de punto de partida para ese rol combativo que se reclama al quehacer teórico y crítico de la literatura.


José María Pozuelo Yvancos en “Cesare Segre, los signos de la crítica, cuarenta años después” se detiene en el lapso comprendido desde la publicación de I segni e la critica. Fra strutturalismo e semiologia (1969) al momento presente, sobre la base de la labor intelectual del crítico italiano. Se habrá de apreciar, en el acercamiento de Pozuelo Yvancos, los contextos intelectuales imprescindibles para comprender el sentido del modelo teórico de Segre, así como las disyuntivas por las que ha pasado la teoría y la crítica literaria en dicho lapso. A través de los diversos aconteceres en dichos periodos (hermenéutica, semiótica, estructuralismo, etc.) Pozuelo Yvancos sostiene, entre otros puntos, la pertinencia de retomar los aportes de Segre. Sin embargo, dichos aportes no pasan necesariamente por “la cantidad e incluso la importancia real de sus libros publicados, sino con la vigencia del principio o posición de la que esos libros son un ejemplo y pueden proyectarse hacia el futuro como ejemplares en el sentido primigenio del término” (203). Lo importante de esta aproximación es la vigencia de una obra en su sentido dialógico, si ha dialogar a pesar del tiempo o junto a él. Textualmente menciona  el teórico y crítico español: “Podría denominarse este fenómeno reversibilidad o efecto feed back de un planteamiento teórico: su capacidad para ser leído muchos años más tarde precisamente con la ganancia de sentido y confirmación de su vigencia que el devenir posterior de los problemas ha hecho de los planteamientos programáticos iniciales” (205). Será Crítica bajo control el texto donde se habrá de plasmar con mayor ímpetu el programa teórico de Segre, el resto a ser confrontando, a ser dialogado. En él se advertirán dos constantes en su teoría literaria: en primer lugar, la concepción global del circuito comunicativo y, en segundo lugar, la importancia otorgada a la historia. Segre no olvida “el principio fundamental del acto crítico: dar vida al texto, convivir con ese texto, interpretarlo, para conocerlo, estudiarlo, para amarlo con más razón de amor” (214).

Finalmente, “Espectropoética” de Javier Morales Mena canaliza las discusiones planteadas a lo largo del libro e incide en el periodo de crisis en que se encuentra la crítica y la teoría literaria. Esta “retórica de la crisis” (Culler) amerita una postura que subvierta tal estado de la cosa. Este trabajo se denomina espectropoética. Esta es “un relato que convoca a los fantasmas, tropología de hospitalidad para los espectros, restos que subvierten el imperio de la «crisis»” (235). Este combate implica hacer un llamado al legado de los grandes maestros no sólo de la teoría literaria sino de la “teoría”. No descuidar la memoria teórica, rescatar la humanidad en esta aproximación, entender la literatura como un acontecimiento humano; enfrentarse a la miseria del historicismo y a la miseria del tecnicismo. En tal sentido, la espectropoética es un proyecto a ser emprendido, a ser continuado en los comienzos de esta segunda década del siglo XXI.

            Completan el libro los siguientes estudios: “Teoría literaria de la Romanistik y mitologías de la Weltliteratur” (Antonio de Murcia Conesa), “El final de la crítica” (Pedro Aullón de Haro), “La hermenéutica constructiva: una propuesta renovadora de teoría literaria” (Sultana Wahnón Bensusan), “Bajtín traducción inversa” (Tatiana Bubnova Gulaya), “Retórica y epistemología. La epistemología sin retórica” (Antonio Aguilar Giménez), y “Feminismo, poscolonialismo y crítica como sabotaje: la modelización de los sujetos y el punto de vista del subalterno” (Beatriz Ferrús Antón). Todos ellos de imprescindible lectura para seguir el debate contemporáneo acerca de los límites y posibilidades de los estudios de teoría literaria

      

            Queda resaltar una de las virtudes de este libro compilatorio. El espíritu abierto al diálogo que los trabajos trasuntan. La necesidad del debate y del consenso. Actitud a ser seguida por todos aquellos que transitan alguno de los derroteros de la literatura. No resta más que saludar la aparición de este libro; felicitar a Javier Morales Mena esta su voluntad de encontrarse, de encontrarnos, en el argumento apasionado y comprometido.

Jorge Terán Morveli
Universidad Nacional Mayor de San Marcos

sábado, 29 de septiembre de 2012

Un libro sobre Arguedas, una deuda que comienza a ser saldada



Neorrealismo y transculturacion en El Sexto. Un discurso de la insolidaridad

Dante Ramírez la Torre

Lima, UNMSM & Hipocampo Editores, 2011, 132 pp.

 

      Amigos, comparto un texto leído para la presentación del libro de Dante Ramírez la Torre sobre una de las novelas menos asesiada del amauta Arguedas, El Sexto. Libro que tuve el placer de presentar en la FIL - Lima del año pasado. Reseña que se publicó en la revista Letras Vol. 82 N° 117. 

 


       El Sexto, ciertamente, es una de las novelas menos estudiada de J.M. Arguedas. Con la salvedad claro que decir que es la menos estudiada implica cuando menos una veintena de artículos sobre ella, además de capítulos dedicados a su inserción al interior del total de la narrativa del Amauta. Bastaría recordar las investigaciones de Rowe, Lienhard, Escajadillo, Cornejo Polar, etc. sobre el escritor andahuaylino. Sin embargo, todavía, hasta el momento, hasta este momento para ser específicos y explícitos, no habíamos tenido, no habíamos enfrentado la totalidad de un texto orgánico dedicado a El Sexto. La investigación de Dante Ramírez la Torre, producto de su tesis de licenciatura en literatura en la UNMSM, llega a instalar la primera piedra en el saldo de esta deuda de la crítica peruana que ha considerado, en su mayoría, a esta novela como marginal en el proyecto de la narrativa arguediana. Cuando menciono que es la primera piedra me refiero a que, como todo texto, El Sexto amerita múltiples lecturas, y esta, la de Ramírez la Torre, se constituye en la primera y, en tal sentido, sienta las bases sobre las que se habrá de discutir la novela en mención. Lo cual habrá de convertir a esta investigación, a este libro, como todo texto crítico debe ser, en un texto primero para ser saludado y, en seguida, para ser polemizado. Habremos de saludar y celebrar en esta ocasión la publicación, la salida al mundo académico de Neorrealismo y transculturación en El Sexto. Un discurso de la Insolidaridad.
Ramírez abordará la novela desde dos categorías: la mestización (incluyendo la idea del sujeto migrante) y la transculturación. Estas van a permitir comprender el mundo representado en consonancia con los nuevos escenarios establecidos y la identificación de nuevas ideologías. Tal perspectiva repara en la importancia del mestizaje en Arguedas y su complementación con el fenómeno más complejo de la transculturación. Además, de estas, en la construcción de los hilos del relato a través de la poética neorrealista reside la peculiaridad de El Sexto. A partir de estas entradas, sobre todo aunque no exclusivamente, irá demostrando la hipótesis que articula su investigación: “El mestizaje propuesto en la novela El Sexto, a manera de un crisol cultural, se constituye en la forma de mantener los valores y la tradición andina antes de ser absorbidos por la cambiante modernidad”
Esta investigación se habrá de desarrollar en cuatro capítulos: El primero “El Sexto: una aproximación a la crítica”, Ramírez repara en la serie de fenómenos que han afectado al referente arguediano, conllevando al cambio en el mundo representado, lo que deriva en el desplazamiento del indio al mestizo en el escenario moderno capitalino. Tal desplazamiento, tal superación del indigenismo, va a articular, a través de diversas maneras de entenderlo, las lecturas sobre El Sexto, de modo tal que se pueden diferencias las lecturas que parten de una crítica pro-indigenista, la del discurso del mestizaje o la que se detiene en el carácter hiperbólico del mundo representado, amén de otras lecturas mucho más recientes que, en realidad, retoman, desarrollan o reformulan muchas de las entradas anteriores. La aproximación de Ramírez opta por “ver a través de Arguedas (a partir del texto) lo popular ligado a la modernidad, el mestizaje y la complejidad de lo urbano, para comprender que lo indio, lo andino era solo una categoría de transformación y que su permanencia cultural (ya no tangible) se da a partir del mestizaje”. En el capitulo 2 “Arguedas, el neorrealismo y la novela de la prisión. Una construcción de la insolidaridad en El Sexto”, menciona el autor la evolución del discurso de la novelística arguediana “desde un indigenismo utópico, de reivindicación, hacia un sincretismo propio del mestizaje transculturador”. Tales cambios, explican o se logran, justamente, a través de la cancelación del realismo decimonónico y la asunción de un neorrealismo más acorde con el carácter marginal del personaje en el espacio representado de la prisión. Así, la denuncia de la insolidaridad sólo es posible desde este cambio en los aparatos técnicos de la narrativa y las implicancias no sólo representacionales sino ideológicas que aparejan, basado en su fuerte contenido social. En el tercer capítulo “Neorrealismo y marginalidad. Una construcción de la sociedad en decadencia”, establece dos tópicos que constituyen un eje articulador paralelo entre la cárcel y la sociedad peruana: 1) el tópico de la corrupción y 2) el  tópico de la lucha y la represión. Será a través del análisis de la novela en este y el siguiente capítulo cuando se demostrará la hipótesis. Finalmente, el capítulo cuarto “El Sexto, el horror carcelario o la metáfora de la sociedad peruana”, trasciende la mirada negativa sobre el sujeto mestizo, pues este se apertura como la vía para la comprensión de la nación. “Por ello, es castrante especular que la cultura primigenia podrá sobrevivir inmune a los nuevos procesos, en cambio, Arguedas entiende y promueve que el mestizo y la mestización son los elementos para que esa cultura sobreviva en las tradiciones (en el entendimiento de formar una idea de nación mestiza, cosa que no formula a toda la nación peruana”, puesto que la sociedad en debate en la novela, en el microcosmos representado, es la misma sociedad peruana.
Así, para concluir, el libro de Dante Ramírez Neorrealismo y transculturación en El Sexto. Un discurso de la insolidaridad se convierte, como se mencionó al comienzo de esta reseña, no sólo en el primero sobre esta aparentemente insular novela de Arguedas, sino en una aproximación sobria hacia el total de su obra desde el estudio de un texto en particular. Continúa, además, la lectura íntegra del fenómeno literario peruano, arguediano, a través de la consideración de la lectura desde la relación literatura sociedad que tan buenos frutos ha dado a la crítica literaria peruana y que ha contribuido a pensar y repensar no sólo nuestra literatura sino nuestra sociedad, a contracorriente, quizá, de las modas contemporáneas que apuestan por la lectura del átomo y el estudio del fragmento, que apuestan por el individuo sin comprenderlo en su existencia social. Este libro se suma, así, y rinde homenaje, al maestro José María en el contexto de su Centenario, ofreciendo una lectura primera, saldando una vieja deuda que a todos nos alcanza.

 Jorge Terán Morveli
Universidad Nacional Mayor de San Marcos

viernes, 29 de junio de 2012

La muerte se sueña sola de Paul Asto Valdez



La muerte se sueña sola

Paul Asto Valdez
Lima, Vivirsinenterarse, 2012

   Estimados ciber-lectores comparto, en este mi primer post, el comentario de la contraportada escrita para el buen libro de cuentos del buen Paul Asto.




Escribir sobre la muerte cuando se tiene como horizonte el final sorpresivo se inscribe dentro de la estructura narrativa clásica presentación-nudo-desenlace. Es decir, narrar sobre la muerte suele ser, además de un tópico recurrente, un reto para todo escritor. ¿Cómo trascender la mera resolución portentosa? En La muerte se sueña sola, conjunto de cuentos escritos por Paul Asto Valdez, nos encontramos ante una inteligente forma de superar –a través de una narración funcional que acompasa las historias inmersas en ella– este lugar común. Aquí la narración nos permite, nos obliga a detenernos en el proceso que conlleva a la muerte, de tal manera que el lector acompaña los tortuosos recorridos que los angustiados y ansiosos protagonistas realizan a lo largo de sus historias personales. Lo que interesa es el conflicto, la herida, la necesidad de los personajes por hermanarse con la muerte, por ser capaces de otorgarla como única salida a las aporías y/o entropías que sus vidas significan.

Los personajes parecen buscarle un sentido a la muerte. O, más, exactamente han convertido a la muerte misma en el sentido final de todos sus derroteros. Liberadora. Amorosa. Vengativa. El placer no de morir sino de dar la muerte, de demostrarse a sí mismos, a través del viaje de otros, que si existe desdicha y azar en la vida, no lo existe en la muerte. Que esta no es sino la consecuencia necesaria para afrontar la existencia. Consecuencia de los sueños, los pasados, del amor, de los afectos maternos, de la venganza. A través de los relatos de La muerte se sueña sola el lector podrá sentir y entender la muerte como producto ineludible de las pasiones humanas, en muchos casos el fin deseado, el reencuentro con o la única forma de atisbar algo de felicidad, la única forma de expulsar el mal a través de una limpieza no solo moral sino física: la venganza. Aquí, la muerte es siempre una vía de reencuentro con lo que se presume sino la felicidad, cuando menos, la tranquilidad, la paz, quizá, el amor.

Un hombre que sueña y que no puede escapar al sueño (“Yo también la quería”); una mujer que llora lágrimas dulces hasta inundar pueblos y lavar honras (“La hija de la lágrima”); un niño que vuela, como en sueños, y rescata la humanidad de sus congéneres (“Ícaro”); un hombre de pasado vacío que encuentra el amor en el otro mundo y se abandona a él (“El último paradero”), son algunos de los sueños y muertes que pueblan estas páginas. Un libro donde, aunque los personajes intenten evitarlo, la muerte siempre se sueña sola.


Jorge Terán Morveli
Universidad Nacional Mayor de San Marcos